Promesas Temporales: 30 años de una historia musical

Los ritmos progresivos definieron Promesas Temporales, una agrupación ecuatoriana que nació a comienzos de los años ochenta. Debe su nombre a uno de los temas que compuso el líder de la banda cuando estuvo en Nueva York.

Originalmente, Promesas Temporales estuvo integrada por Hugo Idrovo, voz y guitarra acústica; Héctor Napolitano en la guitarra eléctrica, Álex Alvear en el bajo, Fernando Albornoz en la flauta traversa, Carlos Cuenca en el cello, Fernando Pinto en clarinete, Fernando Valverde a la batería, Jorge Caballito Gómez y Fabio Segura en percusión latina. Sin embargo, fue una estructura que no duró mucho.

El debut fue en Quito, en el Teatro Prometeo, los primeros días de enero de 1984. Ese Año Nuevo fue de ensayos para la agrupación. Fue entonces cuando lograron la formación definitiva Idrovo, Napolitano, Alvear, Dany Cobo en viola y violín, Winfried “Chelo” Schael en flauta traversa y David Gilbert en la batería.

“Pregonábamos de hacer Canción Experimental Ecuatoriana, pues al término Fusión aún no lo teníamos resuelto. Pronto rechazaríamos también cualquier encasillamiento. Con Promesas Temporales hicimos rock, ritmos afrocaribeños y la recreación de aires típicos andinos con instrumentos y arreglos para nada tradicionales, con largos solos de viola, violín y guitarras eléctricas creando atmósferas muy aparatosas”, expresa el vocalista de la banda. Y recuerda una de las frases que les lanzaron entonces, en pleno concierto: “¡Alienados, imperialistas, eso no es folclor!”.

El músico hace un recuento de aquellos años como una época dedicada a la creación, la camaradería y la búsqueda de resultados. “Lo que hicimos durante los dos intensos años siguientes fue resultado del rigor, la persistencia y la unión. Vivíamos en Guápulo, bajo el mismo techo y nos quisimos como hermanos. Estábamos siempre juntos, compartiéndolo todo. ‘El secreto de la felicidad es compartir’ jama, plata, caleta, chusos, hembras y cachina. La yunta está hecha hasta la muerte”.

La agrupación lanzó al mercado un LP homónimo Promesas temporales (1986), que fue reeditado una década más tarde; con temas como “Escaleras y galerías”,

“Esta historia no es de risa”, “Amigo trigo”, “Levanta el brazo”, “Una miserable canción de cuna” y “La Tierra y las bombas atómicas”.

“En este LP se incluyeron canciones de Juan Carlos González y Eduardo Flores pues ellos eran parte de nosotros. Todo iba muy bien pero el Ecuador estaba en manos del gobierno de León Febres-Cordero, que nos acechó y estigmatizó como ‘subversivos’. Fueron aciagos años de corrupción institucionalizada, represión, desapariciones, torturas y crímenes de Estado”, narra Idrovo y rememora episodios duros para la banda.

“Un mediodía de diciembre de 1986 Alex fue secuestrado por comandos militares en media calle quiteña. Gracias a que pudo gritar su nombre y alertar a los transeúntes mientras era sometido a la fuerza, nosotros supimos qué hacer. Tuvimos mucha suerte, conseguimos que fuera liberado y regresara sano y salvo a su hogar. Una semana después de su rapto, haciendo uso de su doble nacionalidad, estaba rumbo a Boston, EE.UU. Alex era irremplazable. Para la banda se había acabado la llama, el tiempo y las promesas”.

Luego de estos años, Idrovo inició otra etapa: la de Arcabuz, una banda a la que invitó a Napolitano, que entonces llevaba la agrupación Los Apóstoles. “Mi comunicación con él siempre ha sido fácil, somos del barrio de la triple G: guasos, gozadores y guayacos. Como decía, Napo conocía el embrión de un largo tema musical mío llamado Arcabuz, que tenía 4 movimientos que narraban la historia de la llegada de los africanos al actual territorio del Ecuador”, dice.

Entraron al estudio de grabación a comienzos de 1988.

“La grabación y mezcla de los cuatro temas de la cara B del disco resultó regalada, no así con el tema Arcabuz, que alcanzó 17 minutos y 40 segundos de duración. En esos días el máximo de tiempo que entraba en un lado de un disco de vinilo de 33 RPM era 18 minutos, así que la obrita de la cara A resultó ser una verdadera prueba de precisión. Eran los tiempos previos a la aparición en el Ecuador de verdaderos productores e ingenieros de sonido; los músicos lo hacíamos todo, en un medio suntuosamente análogo. Durante el proceso de mezcla trabajábamos sobre la consola a cuatro manos, a veces seis, con más de un instrumento en el mismo canal, y si en el proceso te distraías o equivocabas un mínimo -sea en nivel de volúmenes, ecualizaciones, tiempos de fade out o fade in, inserción y salida de voces, coros o efectos- pues, compadre, ¡a empezar todo de nuevo!”.

Recuerda Idrovo que este disco, que respondía a una necesidad de indagar en la canción popular de Ecuador, fue bien recibido por el público, a pesar de no haber tenido un carácter comercial.

Desde entonces han vivido diversas experiencias musicales. El artista afirma: “Aprendería bien esta lección”.

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